La palabra ruido tiene muchas definiciones dependiendo de la perspectiva desde donde se le mire, pero comúnmente está asociada a algo que resulta desagradable. El ruido es un sonido que comprende una gran cantidad de sobretonos que suenan al mismo tiempo y por lo tanto biológicamente no somos capaces de definir las frecuencias que lo componen. Sin embargo cuando podemos descomponer un ruido como el llamado ruido blanco, se puede extraer de él una gran riqueza. El ruido blanco es el que escuchamos cuando la televisión no está sintonizada en ninguna frecuencia en particular y es llamado así porque al igual que la luz blanca que contiene todas las frecuencias de luz, el ruido blanco contiene todas las frecuencias de sonido audible. A partir del ruido blanco los sintetizadores producen el sonido por medio de osciladores y de variaciones de voltaje. Toman la señal de ruido y la descomponen, llamando a la existencia cada frecuencia por separado con el fin de combinarlas con otras desde una perspectiva coherente para crear un sentido en el discurso.
Un día caminando en la naturaleza descubrí que el sonido relajante que emite un río se puede parecer mucho al ruido blanco, y entonces supe que en el correr del agua por ese camino que forma el río están contenidas todas las frecuencias audibles.
Durante el transcurso de la historia nuestro oído en lo musical se ha adaptado cada vez más al ruido como reflejo del desarrollo de nuestra civilización, pues anteriormente el contacto auditivo se daba más estrechamente con la naturaleza y no fue hasta la manipulación del espectro electromagnético que permite la construcción de máquinas y motores que el índice de ruido se disparó cada vez más, partiendo de la simetría hacia la entropía. Anteriormente el mundo era mucho más silencioso de lo que es ahora, el ruido se ha ido incorporando en las ciudades a través de las fábricas, la industria, los motores, el bullicio de las ciudades, el transporte, la tecnología, vivimos en medio del ruido y nos hemos habituado a él de manera que lo incorporamos en el arte. Ahora el sonido ya no es tan pulcro, tranquilo y consonante como en la antigüedad, sino que lo que escuchamos a nuestro alrededor es cada vez más denso y disonante. Incluimos el ruido en la música extrayendo de él lo musical a través del concepto de (objeto sonoro), que puede valerse de la tecnología para sacar a relucir su belleza, debiendo primero ser encontrada por la persona que manipula la tecnología y le da forma a la idea. La música ha empleado cada vez más densidad, frecuencias juntas que pueden ser muy cercanas y suenan al mismo tiempo, sonidos grabados y también transformados a través de síntesis sonora, es decir que se imita un poco la textura de un ruido. Y así algo que se percibía como desagradable puede incorporarse y utilizarse como herramienta, de tal manera que se convierte en algo agradable y estético al organizarlo bajo determinadas normas, se le da un sentido y así esa frontera entre ruido y música se estrecha. Imaginen lo que hubiera pensado una persona del siglo XV si hubiera escuchado todos estos sonidos producidos artificialmente por un sintetizador, los sonidos que incorpora la tecnología, los sonidos que emiten las maquinas, el arte sonoro actual… Está claro que el mundo circundante nos ha infectado con su música y como dije, la tecnología es sólo un recurso, una herramienta más que nos ayuda a expandirnos cuando se encuentra en su eje polar, pero también por otra parte, cuando nos posicionarnos desde la dualidad que ve ambas cosas como antagonistas en vez de una sola cosa con cargas opuestas creadoras y que pueden funcionar en simbiosis, comenzamos a atacar mucha de la música actual y a despreciar el ruido, pero puede que esta posición se de porque la música que conocemos creada desde un posición contemporanea basada en un concepto de ruido no esté en balanza, es decir que el peso de cada elemento sea preciso para permitirnos recibir una idea armoniosa, como cuando al cocinar debe cuidarse la medida de cada cosa con tal de que el sabor sea perfecto, de lo contrario se arruinará la comida, así mismo si los elementos de la composición no se encuentran en equilibrio entonces se perciben combinaciones sin sentido que se hacen pasar por música y causa esta opinión y desvalorización del ruido por una gran parte de músicos y auditores. En el caso contrario el ruido también puede ser bien usado pero ser percibido como absurdo debido a que nos cuesta adaptarnos a los cambios y lo nuevo se recibe muchas veces desde el rechazo porque no lo comprendemos, entonces inicialmente se califica de absurdo. O puede que en otro aspecto no entendemos pero en vez de rechazarlo lo calificamos de espectacular para aparentar un nivel intelectual y ser aceptados dentro de un grupo. Sin embargo el ruido es creado por las mismas frecuencias que conforman la música, es como la sombra que es creada por la misma luz. A veces se cree que para surgir en el arte se deben seguir estándares impuestos por la moda, una persona o una escuela con tal de experimentar aceptación, entonces el arte surge de un gran desajuste interior donde la originalidad se torna absurda. Cuando nos vamos a la dualidad y tomamos posición desde los extremos corremos el riesgo de construir cosas sin sentido y sin expresión porque incluso cuando se quiere expresar el caos debería entenderse que el caos viene del orden, y ese caos debe tener paradójicamente una organización que permita intuir cómo surge para encontrar la simetría a partir de él. A veces lo absurdo corre el riesgo de pasar por interesante, como el traje nuevo del emperador. Estoy de acuerdo con la utilización del ruido como parte de la música cuando se incorpora en la proporción correcta para que cumpla una misión en ella, cuando sirve como herramienta y trabaja en simbiosis para producir un discurso con sentido. Por eso es importante entrar en el equilibrio que nos permite saber utilizar estas herramientas sin perdernos en ellas. Usar las herramientas disponibles para expandirse y expresar desde el ser.
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